La violencia familiar ha llevado a Alejandro a un centro de internamiento para menores

 

Desde los 12 años Alejandro se ha estado enfrentando a sus padres que han luchado contra viento y marea para reconducir una relación basada en la falta de respeto, la autoridad como lucha y la violencia como contestación. Una mañana subido en la mesa de la cocina insultando a su madre y encarándose con su padre acabó pegando a su hermano mayor que le recriminaba su actitud.

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No podían más. La policía entró en su casa esa noche y se lo llevó. Al día siguiente tras la denuncia empezó este nuevo episodio de una vida que le ha llevado al centro de internamiento El Laurel, en Madrid. Alejandro entró rezumando odio y rencor hacia su familia, hoy reconoce que se ha equivocado muchas veces, que la violencia no es el camino. Le han ayudado tanto a recomponer sus piezas que ahora quiere “empezar desde cero”

Centro El Laurel

Lo primero que haces es pasar por un control de seguridad. La cancela se abre sólo si te esperan y a tu espalda se cierra con ese ruido que te recuerda que igual que no es fácil entrar, tampoco lo es salir. Rodeado de vegetación el camino que conduce a El laurel está lleno de vallas con concertinas de donde da la impresión que por mucho que lo intentes nadie puede fugarse. A la derecha otro de los centros, El Lavadero, donde los chicos que cumplen condena tienen problemas de adicción. Otra puerta de seguridad y ya estamos en el centro. Se accede por un control donde nos registran y pasamos por un detector de armas blancas, sobretodo. “Hay que evitar que las visitas pasen algo” Aquí viven 38 chavales, unos en régimen semiabierto y otros en régimen cerrado depende de lo dictado por el juez.

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La huerta, uno de los talleres

Son chicas y chicos desde los 14 años que una mala gestión de sus impulsos por violencia familiar o violencia machista les ha llevado a un juzgado donde la sentencia judicial les ha condenado al internamiento. Treinta educadores conviven con ellos las venticuatro horas del día porque el objetivo es la reinserción. En el taller de carpintería les enseñan el oficio, participan en la huerta o en el de mantenimiento. Los que estudian pueden acudir a las clases de apoyo con profesores cualificados. Todo normal si no fuera porque siempre están vigilados por miembros de seguridad y las puertas donde realizan las actividades se cierran a cal y canto con un cerrojo.

Nos cuentan que el objetivo es reinsertarles pero “no pueden tener la idea de que vienen a un campamento de verano, deben sentir que han hecho algo mal y por eso están aquí, es parte de la educación”. Se reparten las habitaciones en cuatro módulos. Habitaciones que comparten por sexo y edad. Los baños son comunes así como el comedor o el área de descanso con una televisión, una Play y un futbolín. Todo muy básico y austero. “Algunos cuando terminan la condena impuesta por el juez no se quieren marchar, para muchos su estancia es el momento de su vida en el que han entendido que hay personas a las que les importas”.

Juan es el director del centro que puede decir orgulloso que la forma de trabajar que tienen con los chavales les permite hablar de un 98% de éxito en la reinserción. La mayoría no tienen rutinas y aquí las recuperan. Una buena alimentación con horarios y un plan de deporte les hace sentirse mejor y recuperar la autoestima. Los educadores psicólogos y psicopedagogos trabajan con ellos por separado, con las familias por separado de forma voluntaria (no todos los padres se involucran) y con terapias juntos cuando el camino ha empezado a avanzar. “Así podemos tejer todos los hilos que se han ido rompiendo con el trato“. Un trabajo guiado por un estudio con la Universidad Complutense trabajando con catedráticos de Psicología.

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Juan el director del centro  con Regina Otaola,  durante la entrevista

Aquí hay mucho dolor, denunciar a una hija o un hijo es durísimo, la culpabilidad con la que llegan es muy grande. Culpabilidad de los padres y de los hijos. Recomponer eso lleva mucho tiempo, no hacemos milagros. Hay sentencias de tres o cuatro meses que no nos permite trabajar, no nos sirve para nada porque cualquier terapia es cuestión de tiempo. Los chavales vienen de episodios de violencia continuados: primero es el grito, luego el golpe y después la agresión y podemos hablar de episodios de violencia muy graves. Y eso hay que pararlo, pero necesitamos tiempo para desmontar esta trayectoria larga.”

Si el comportamiento en el centro es bueno y se ve una buena evolución se va otorgando una hora de libertad, dos…y así hasta ocho horas incluso llegando a poder pernoctar en sus casa si la relación ven que se ha conseguido que sea buena.

¿Qué hay detrás de un chaval juzgado por violencia filioparental?

Al final encuentras elementos comunes independientemente de la situación económica. Depende de tres estilos parentales, un modelo de alta exigencia, muy severo pero que no corresponde con la atención afectiva que necesita el chico. Hay otro modelo que es el que no tiene normas. Hay familias que no imponen normas porque no saben afrontar el desarrollo de sus hijo no tienen herramientas para ellos y hay familias que no quieren y otras que no pueden y no saben. Todos son entendibles y respetables”

Y los perfiles de los chicos según Juan el director “Uno de cada dos chicos ha pasado por un trauma o por una enfermedad familiar, ha podido perder a un padre o a una madre esto ha condicionado su comportamiento ante un entorno familiar muy complicado condicionando el proceso de educación. Uno de cada dos ha sido victima o testigo de violencia dentro del hogar, ha aprendido la violencia. Con lo que si metes en un cóctel sus experiencias, el perfil de los chicos es que salvo grupos muy reducidos aparecen con problemas normalizados pero con un trasfondo del que no se hace autocrítica.”

Al frente del objetivo de la reinserción está Regina Otaola. Lleva cinco años gestionando la ARRMI Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor Se hace un gran trabajo en todos los centros gracias a los grandes profesionales que están al frente. Aunque ha habido recortes tenemos un buen presupuesto de 38 millones. Es suficiente y bueno para trabajar y seguir trabajando.”

Cuando el menor cumple su condena está en libertad vigilada durante tres meses y ahí termina el trabajo de los ARRMI. “Vemos que luego estos chicos no están en las listas de encarcelados, es decir que no se han perdido, siguen un camino social positivo sin pasar por prisión”. La idea que tenemos es que en estos sitios está lo peor de cada casa y no siempre es así. También que la mayoría son extranjeros y la realidad es que más del 61% son españoles, el 22% iberoamericanos, un 11´1% marroquíes y un 2´7% rumanos. La mayoría son varones pero también hay chicas. “Yo me leo los informes de todos ellos –dice Otaolay atendemos en todos los centros a unos mil chicos al mes, doscientos en todos los centros. La ARRMI elabora programas colaborando con las universidades. Estamos preparando un estudios sobre el buen uso de las TICS que próximamente publicaremos” Regina Otaola se siente orgullosa del trabajo con los menores en la Comunidad de Madrid porque es referente para muchas otras comunidades y países “Hace unos días nos visitaron responsables del gobierno francés”

Y es que según un informe de The Family watch la violencia en el hogar por las Nuevas tecnologías ha aumentado más de un 200% en los últimos cinco años.

La Historia de Alejandro

Su padre y su madre acceden a contar su experiencia a COPE para que sirva a otros padres. Él dice que el peor día de su vida fue cuando la policía se lo llevó detenido desde casa “Al día siguiente te encuentras en un juzgado de menores, dices ¿qué hago yo aquí?, y cuando le ves te mira con una mirada de odio de desprecio…muy duro, muy duro”

Llegó al Laurel con mucho miedo, miedo a lo desconocido pero reconoce que un equipo de profesionales rápidamente le arropó. Mientras hacemos la entrevista ha querido que los psicólogos le arropen observando sin intervenir, solo asintiendo con la cabeza según va desnudándose ante el micrófono.

Alejandro se tiró dos meses en el centro sin preguntar por su hermano. Fue quien decidió romper con todo y llamar a la policía tras las agresiones, fue quien le denunció. “Después de todo lo que están haciendo por mi, me costó darme cuenta de eso, mis padres están cambiando cosas, están haciendo mucho esfuerzo por mi. Yo fuera no lo entendía pero aquí me lo han explicado y ahora lo sé “

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Las clases de apoyo

Porque en este trayecto de una corta vida Alejandro ha aprendido a gestionar sus impulsos sus reacciones. Sus padres también han tenido que cambiar cosas como nos explica su madre: “Hemos aprendido mucho, por un lado es muy mala experiencia pero cuando te tienes que quedar con lo positivo, aprendes muchas cosas como si tienes que dar un mensaje y cambias dos palabras vas a llegarles más, que si estás tranquila y no constantemente enfadada eres capaz de decirle las cosas mejor. Creo que ha sido lo mejor que hemos hecho, Alejandro en una carta nos daba las gracias”

Dicen vivir ahora un momento de paz entre tanta tormenta que les ha hecho sentirse como en una montaña rusa. Ahora tiene miedo porque Alejandro sale a la calle en libertad vigilada el 30 de julio y la ayuda que tienen ahora ya no estará. Tienen que enfrentarse solos a todo lo aprendido.

Yo a otros chicos de menor a menor, les diría que hay que tomarse las cosas con mucha calma, que la violencia es lo peor, lo que te lleva directamente aquí. Creo que tengo una medida corta, son solo nueve meses respecto a otros, pero lo paso mal, es bastante tiempo, recurrir a la violencia no es el camino.” Alejandro quiere volver a hacer deporte, es bueno en balonmano. También le encanta pintar. Les ha pedido a sus padres que le apunten a clases este verano para sacar el curso. Quiere estudiar Bellas Artes, y sólo tiene un sueño: empezar una nueva vida desde cero.

Para oír el reportaje en Cope

Publicado en www.cope.es JUNIO 2016

¿Tenías idea de que este tipo de centros eran así? ¿Has tenido alguna experiencia de violencia en casa? ¿Sabes donde acudir?

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